La líder de uno de los principales organismos de representación universitaria del país identifica en Chile un desafío estructural: la falta de cohesión social. Desde ahí, aborda el rol de la FEUC, define su posición frente al nuevo gobierno y reflexiona sobre cómo su generación puede volver a involucrarse para lograr transformaciones sociales.
Martina Matus cursa quinto año de College en Ciencias Sociales, con major en Sociología y minor en Instituciones Públicas Chilenas. Hoy preside la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica (FEUC) y es parte de la Nueva Acción universitaria (NAU), movimiento de raíz progresista fundado por Miguel Crispi y posteriormente encabezado por Giorgio Jackson.
Su liderazgo se inscribe en una generación que no quiere limitarse a observar el debate público desde la tribuna. Desde la campaña en 2025, la lista de la NAU tenía un objetivo claro: reconstruir el progresismo universitario, devolver la confianza a los estudiantes y recuperar una FEUC involucrada en las discusiones del país.
Su intención dialoga, además, con el proyecto del nuevo rector Juan Carlos de la Llera y el plan estratégico para 2026-2030: transformar Chile desde la UC, con la formación, el desarrollo, el descubrimiento y el servicio a la sociedad.
Para Matus, un problema de fondo en Chile es la falta de cohesión social. “Existe una lógica de equipos contra equipos, donde no está la posibilidad de ganar juntos. Cuando la desconfianza es lo que domina, incluso hacia los tres poderes del Estado, es muy difícil construir comunidad”, plantea.
Esto también lo vio reflejado en la última elección presidencial. “En la segunda vuelta no vi propuestas a nivel país, sino consignas. Me llamó la atención que la educación no apareciera en el debate”, señaló. A su juicio, faltaron propuestas concretas. “De quienes desconfiaban, terminó ganando aquel en quien más personas confiaron”, resume.
Devolver la educación al debate público
Desde la FEUC, insisten en ampliar el diálogo sobre la educación: “No me gusta pensar que, por ser estudiantes de educación superior, sólo podemos hablar de este nivel. Si nos quedamos solo en la discusión del financiamiento universitario, nos limitamos”. En esa línea, cree que la representación estudiantil debe involucrarse en desafíos más amplios, como la crisis habitacional, y aportar desde el conocimiento que se genera en la universidad.
Matus define el rol de la FEUC en dos dimensiones: reacción y proposición. En lo primero, destaca la articulación entre estudiantes y autoridades de la UC frente a los incendios en Biobío y en Ñuble, que permitió enviar más de 6 toneladas de suministros. “Nunca vamos a dejar de actuar cuando esté dentro de nuestras capacidades hacerlo”, aseguró.
Martina tiene una convicción: “Volver a pelear para que la educación esté en el centro”, especialmente ante un nuevo gobierno que señala como crítico de las políticas que hoy estructuran el sistema educativo.
Aunque sus convicciones no coinciden con las del presidente electo, descarta el veto automático o el rechazo tajante: “Sería equívoco, sobre todo viniendo de estudiantes universitarios: nuestro rol es ser críticos, pero siempre propositivos”.
Una generación marcada por la desconfianza
Históricamente, las federaciones universitarias han sido actores capaces de tensionar al poder. Sin embargo, tras el movimiento estudiantil de 2011, han perdido fuerza. Para Martina, hoy cuesta más articularse porque es difícil encontrar un relato común: “En ese momento era una movilización con mucho cuerpo y cabeza: había un motivo unificador”.
Sostiene que la nueva generación de representantes estudiantiles presenta diferencias con las de décadas anteriores: “Es importante comprender que en ese entonces había mayor confianza en las instituciones, por lo que había una real convicción con que todo se solucionaba a través de la política”.
Su generación, plantea, vivió la adolescencia en pandemia y atravesó dos procesos constitucionales fallidos. “Tras movilizaciones gigantescas, las consecuencias no llevaron a ningún puerto”, explica. “Hoy, nadie sabe si la movilización va a generar cambios”.
Volver a involucrarse
Pero ahí mismo aparece su apuesta. Martina no cree que su generación sea indiferente; cree que está cansada. Desde allí, se debe decidir si esa fatiga los paraliza o activa. “En la adolescencia tuvimos un paso por una pandemia que nos hizo sentir tan chicos frente a lo que puede ocurrir, que quizás nos ha hecho pensar: Quizás sí podemos cambiar las cosas, pero no sé si queremos o tenemos que hacerlo”.
“Muchas veces estamos tan cansados que ni siquiera conversamos con el resto sobre lo que nos interesa o nos conmueve (…) Tenemos que volver a involucrarnos en el mundo que habitamos y dejarnos interpelar por él”, manifestó.
Para ella, combatir la falta de cohesión social empieza en lo cotidiano: atreverse a conversar, incomodarse, involucrarse. “No puede ser posible que si pasas por al lado de un basurero y ves que justo se cayó algo, camines por al lado y lo ignores. No puede ser que si alguien se cae en la calle, no te surja de inmediato tratar de ayudarle. Esas cosas se han perdido mucho, pero yo creo que son recuperables”, concluye.






