En febrero de 1925, mientras el mundo intentaba estabilizarse tras la Primera Guerra Mundial y las ciudades vibraban con el jazz, los automóviles y una modernidad todavía incipiente, apareció en Nueva York una revista que no quería parecerse a ninguna otra. Se llamaba The New Yorker y prometía algo tan simple como ambicioso: inteligencia, humor y una mirada crítica sobre la vida urbana.












