Por Verónica Poblete, Directora Ejecutiva de Bee Partners.
La equidad no empieza con una política. Empieza con una narrativa. Durante años, las empresas han intentado responder a la falta de diversidad con programas, capacitaciones y protocolos. Y aunque muchos de esos esfuerzos son valiosos, hay algo más profundo que suele quedar intacto: la historia que una empresa cuenta sobre sí misma.
Porque toda organización tiene una narrativa. A veces explícita, a veces no tanto. Una forma de describirse, de comunicar lo que premia, lo que valora, lo que espera de su gente. Y cuando esa historia no tiene mujeres reales al centro —no en roles simbólicos ni en frases bonitas—, entonces la equidad se vuelve una promesa que no termina de cumplirse. Las palabras importan. Y no solo las grandes campañas. Importa cómo se redactan los correos, cómo se presentan los cargos, cómo se da feedback, cómo se celebra un logro.
La comunicación cotidiana construye cultura. Y la cultura define a quién se le abren las puertas… y a quién se le siguen dejando cerradas. Muchas startups, sin querer, siguen escribiendo su relato desde un modelo de liderazgo heredado: competitivo, vertical, eficiente a toda costa. Y en esa narrativa, los atributos femeninos quedan desplazados o desvalorizados.
Se premia la agresividad. Se celebra al que “resuelve rápido”, pero se invisibiliza a quien escucha o contiene. El éxito se mide —casi siempre— en rondas de inversión, expansión a nuevos mercados y velocidad de escalamiento. Pero hay otros logros igual de importantes: construir equipos sólidos, generar confianza, sostener relaciones, impactar en comunidades, crear entornos seguros y humanos para trabajar.
Todo eso también es éxito. Y muchas veces, nace desde estilos de liderazgo más asociados a lo femenino: más relacionales, más conscientes, más horizontales.
No es intuición: es evidencia. Un estudio de Harvard Business Review (2020) mostró que las mujeres líderes son evaluadas como más eficaces que los hombres en un 84% de las competencias clave, destacando en colaboración, desarrollo de talento, resiliencia y toma de decisiones en crisis.
¿Por qué no estamos contando más esa historia?
Por eso, estructurar la comunicación de una empresa desde una lógica realmente inclusiva —que integre distintas voces, tiempos y estilos—es una decisión estratégica. Es elegir construir una cultura que invite a participar. Una narrativa que no empuje a las mujeres a “encajar”, sino que se adapte para incluirlas desde su valor real.
Contar una historia más amplia, más honesta, más humana… no solo atrae más talento femenino. Lo retiene. Lo hace florecer. Y cuando eso pasa, la innovación se multiplica. El equipo se fortalece. El negocio crece.
Porque sí: las empresas que incluyen mejor, funcionan mejor. Y todo empieza por cómo se comunican.
Una narrativa empresarial que no se cuestione desde la equidad tiende a perpetuar los mismos modelos, rostros y estilos de liderazgo de siempre. Pero cuando una empresa se atreve a contar su historia de otra manera —con trayectorias, talentos y voces distintas—, no solo comunica inclusión: la hace realidad.